Se acercó despacito, tardó mucho en llegar y cuando lo hizo una carícia cálida y húmeda le lamió los pies descalzos recorriendo desde sus dedos hasta la mitad de su empeine. Se dio la vuelta para mirar sus pasos, a penas media docena de huellas delataban el corto camino que había recorrido hasta la orilla, y aún así, le pareció que había tardado horas en llegar, años quizás. La arena estaba fría bajo sus pies, en cambio el mar parecía caliente aquella noche. La diferencia de temperatura provocó que un escalofrío recorriera su cuerpo cuando la siguiente ola le besó la piel, fue algo agradable y sin saber por qué, le vinieron a la mente recuerdos de su infancia, del abrazo de su madre en noches de frío, de la visión protectora y cálida de su padre, de las tardes de juegos en el patio de la escuela, de las meriendas con su abuelo… El mar la rozó de nuevo y otro escalofrío la recorrió de arriba abajo, el agua parecía estar más caliente que antes y las imágenes dulces desaparecieron. Llegó otra ola y esta vez la sensación no fue agradable, el agua estaba demasiado caliente. Retrocedió. El mar intentó tocarla de nuevo pero ella se alejó un poco más, sólo tres gotas consiguieron salpicarla y la quemaron allá donde la habían alcanzado. El agua humeaba, casi hervía. Se dio la vuelta y echó a correr, tenía que ponerse a salvo. A su espalda el mar rugía con el ruido de una gran tormenta, una tormenta caliente que amenazaba con hervirla viva. Corría como nunca lo había hecho y a pesar de todo a penas se alejaba de las olas que cada vez llegaban más alto y más lejos. Tropezó y cayó al suelo de bruces. El ruido y el calor a sus espaldas eran insoportables y muerta de miedo se dio la vuelta para afrontar lo que fuera, cara a cara. Y entonces lo vio. El mar se alzó formidable, en dos lenguas de agua hirviendo enfrentadas una a la otra, poderosas y enfurecidas. Y entonces lo entendió. El ataque no era contra ella. El mar se peleaba consigo mismo sin ser consciente de que jamás conseguiría ganar la batalla. No era solo una demostración de poder, era un ataque contra sí mismo, las dos facciones de agua se amenazaban y chocaban una contra otra con violencia. Atónita observaba el espectáculo con la boca abierta y los ojos como platos. Las dos lenguas de agua retrocedieron una milésima de segundo, reunían fuerzas para un último y brutal ataque que amenazaba con destruirlo todo, y entonces se alzaron más altas, más formidables, más peligrosas que antes y en la cresta de cada una de las olas ella creyó ver dos caras desencajadas de ira que se gritaban mutuamente preparándose para lo que sería su último ataque. Se abalanzaron una contra la otra preparadas para matar y para morir. Chocaron, y un estruendo ensordecedor hizo temblar el cielo y el suelo. Ella se tapó la cara con las manos intentando protegerse de lo que vendría, apretó fuerte los ojos, tanto que empezaron a dolerle. Entonces el ruido calló y el calor se hizo más soportable, todo desapareció, todo excepto el miedo. Abrió los ojos poco a poco esperando descubrir qué había pasado con aquellas dos caras, quién habría ganado. Miró a su alrededor, no había arena, ni agua de mar, ni rastro alguno de una playa a media noche, solo su habitación, familiar, acogedora, cálida. Cerró los ojos e intentó recordar lo que había soñado, el agua, las caras, el mar cada vez más caliente. Sólo pudo llegar a una conclusión; el mar era Ella.
Se levantó y se metió en la ducha, el agua estaba tibia, y recordó la sensación que tuvo cuando la primera ola le acarició los pies. Más tarde se secaría con una toalla y descubriría tres marcas, tres quemaduras que aparecieron en su piel allá donde las tres gotas de agua hirviendo la habían tocado.