La miraba desde su esquina, sentado en el suelo, atento a sus idas y venidas. Ella se movía de un lado a otro de la habitación, nerviosa. Se paró delante de una estantería, cogió un libro y lo sostuvo un momento con su mano derecha, era un libro con tapas de tela roja, lo miró. Ya lo había leído muchas veces así que no importaba mucho por dónde empezara a leerlo, sólo quería ocupar su mente en algo. Lo abrió más o menos por la mitad y empezó a leer.
Él seguía viéndola ir y venir con el libro en la mano, inmóvil desde su esquina. De repente ella se detuvo, no podía concentrarse, ni siquiera su libro favorito conseguía que dejara de darle vueltas al asunto. No sabía qué hacer. No quería equivocarse, pero sentía que no sería capaz de elegir la opción correcta. Quería estar con ese chico, pero ¿y si no salía bien? Veía tantas trabas…, intuía tantos problemas…, tenía tanto miedo….
Entonces notó su mirada fijada en ella. Se dio la vuelta y lo vio. Se sorprendió, no se había dado cuenta de que estaba ahí sentado, inmóvil. Se acercó. Él no se movió, sólo sus ojos la siguieron, esperó. Ella extendió el brazo, abrió la mano, la posó sobre su cabeza y lo acarició. Lentamente. Notó su pelo suave cosquillear sus dedos. Fue una caricia larga, lenta, una caricia que borró de su mente inseguridades y dudas barriéndolas durante un instante eterno. Levantó la mano. Los dos se miraron un momento, entonces él maulló, y se subió de un salto a la barandilla, desde allí se volvió a mirarla, ahora era ella la que lo observaba inmóvil, incrédula. El gato volvió a maullar arrastrando el sonido, de una forma que a ella le pareció muy dulce. Se quedó mirándola un segundo y salió por la ventana dejándola sola.
Ella se quedó quieta, mirando la ventana, en el lugar donde un instante antes habían estado los ojos del gato. Su mente, que segundos antes burbujeaba con un millón de ideas estaba ahora vacía. Por un momento deseó ser ese gato y escapar.