Me acogió sin ansias, sin esperanzas ni alegrías, sin ilusiones. Sin abrirme los brazos a una nueva vida, negándome lo que a tantos otros antes que a mí les había dado. Vi soledad en sus ojos, sentí frialdad en sus carnes. La libertad que me ofrecía se me antojaba hostil, exageranda e innecesaria.
Los días pasaron, disminuyó la deshazón y aumentó la confianza, poco a poco me fue permitiendo adentrarme en ella, descubrirla despacito, palmo a palmo. Fui percibiendo esa libertad que ella se empeñaba en imponerme y la fui, la voy, aceptando.
Ahora siento cómo me envuelve divertida y seductora, espectante y voluptuosa, prometedora, sugerente. La veo palpitar y siento cómo me invita a recorrerla, a descubrirla. Me tienta, me atrapa, me seduce con sus luces, con sus calles, con sus gentes.
Con la misma ferocidad que me rechazó me absorbe ahora. Cálida. Mágica. Majestuosa. Madrid.