Miro por la ventana y veo una luz que me sigue. Es una estrella. Aparece y desaparece al ritmo de nubes viajeras. Caprichosa sucesión de destellos que iluminan en un punto mi reflejo en el cristal.
El coche circula despacio, fuera hace frío y mi aliento difumina la luz de la estrella en un halo que aumenta y mengua como una bruma esponjosa con cada respiración.
Pienso en ti.
Apoyo mi dedo en el centro del círculo de aliento y lo deslizo hacia abajo en una línea vertical, perfecta, despacio, muy despacio.
Pienso en ti, mi niña.
Me acerco el dedo a los labios. Está húmedo y frío como tus palabras, pegajoso como tu ausencia, sucio como el dolor que me causas.
Detrás del cristal, junto a la estrella viajera, todo es oscuro como una cueva vacía y sola. Como mi vida.