Compadre, se cansó la mula de la noria
y el espejito de sentirse tan opaco,
el lapicero de comerse las historias,
el calabobos de las nubes de tabaco,
y al bufón se le tuerce la risa con cada amuleto,
se cansó de esperar a su sueño despierto,
¿mi sueño donde está?, durmiendo la tajá,
que se ha pinchado con la rueca en el baño de un bar,
que no es titiritero, ni perro cortijero,
ni la cigarra ni la hormiga le han dejado entrar,
lo mando pa’ lo oscuro y ya le pueden dar
bien por el culo a los fantasmas de la soledad,
me bastan cuarenta duros de felicidad.
La boca se cansó de lengua de madera,
los peces viejos de desenredar anczuelos,
cada petacho de tapar besos a ciegas,
los trasquilones de dormirse entre tu pelo,
y los charcos se aburren de dar puñaladas al cielo,
las mañanas de hablarnos con el papo lleno,
¿mi sueño donde está?, durmiendo la tajá,
que se ha pinchado con la rueca en el baño de un bar,
que no es titiritero, ni perro cortijero,
ni la cigarra ni la hormiga le han dejado entrar,
lo mando pa’ lo oscuro y ya le pueden dar
bien por el culo a los fantasmas de la soledad,
me bastan cuarenta duros de felicidad.
Y si me canso de vender los perdigones
te cuento las pecas, reparto manteca y colchones
a los mesías que vienen a ver
como me canso de embestir los corazones,
y cada plazuela me cambia la piel por cartones,
que me cambian la cara a su vez.
¿mi sueño donde está?, durmiendo la tajá,
que se ha pinchado con la rueca en el baño de un bar,
que no es titiritero, ni perro cortijero,
ni la cigarra ni la hormiga le han dejado entrar,
lo mando pa’ lo oscuro y ya le pueden dar
bien por el culo a los fantasmas de la soledad,
me bastan cuarenta duros de felicidad.
Se acercó despacito, tardó mucho en llegar y cuando lo hizo una carícia cálida y húmeda le lamió los pies descalzos recorriendo desde sus dedos hasta la mitad de su empeine. Se dio la vuelta para mirar sus pasos, a penas media docena de huellas delataban el corto camino que había recorrido hasta la orilla, y aún así, le pareció que había tardado horas en llegar, años quizás. La arena estaba fría bajo sus pies, en cambio el mar parecía caliente aquella noche. La diferencia de temperatura provocó que un escalofrío recorriera su cuerpo cuando la siguiente ola le besó la piel, fue algo agradable y sin saber por qué, le vinieron a la mente recuerdos de su infancia, del abrazo de su madre en noches de frío, de la visión protectora y cálida de su padre, de las tardes de juegos en el patio de la escuela, de las meriendas con su abuelo… El mar la rozó de nuevo y otro escalofrío la recorrió de arriba abajo, el agua parecía estar más caliente que antes y las imágenes dulces desaparecieron. Llegó otra ola y esta vez la sensación no fue agradable, el agua estaba demasiado caliente. Retrocedió. El mar intentó tocarla de nuevo pero ella se alejó un poco más, sólo tres gotas consiguieron salpicarla y la quemaron allá donde la habían alcanzado. El agua humeaba, casi hervía. Se dio la vuelta y echó a correr, tenía que ponerse a salvo. A su espalda el mar rugía con el ruido de una gran tormenta, una tormenta caliente que amenazaba con hervirla viva. Corría como nunca lo había hecho y a pesar de todo a penas se alejaba de las olas que cada vez llegaban más alto y más lejos. Tropezó y cayó al suelo de bruces. El ruido y el calor a sus espaldas eran insoportables y muerta de miedo se dio la vuelta para afrontar lo que fuera, cara a cara. Y entonces lo vio. El mar se alzó formidable, en dos lenguas de agua hirviendo enfrentadas una a la otra, poderosas y enfurecidas. Y entonces lo entendió. El ataque no era contra ella. El mar se peleaba consigo mismo sin ser consciente de que jamás conseguiría ganar la batalla. No era solo una demostración de poder, era un ataque contra sí mismo, las dos facciones de agua se amenazaban y chocaban una contra otra con violencia. Atónita observaba el espectáculo con la boca abierta y los ojos como platos. Las dos lenguas de agua retrocedieron una milésima de segundo, reunían fuerzas para un último y brutal ataque que amenazaba con destruirlo todo, y entonces se alzaron más altas, más formidables, más peligrosas que antes y en la cresta de cada una de las olas ella creyó ver dos caras desencajadas de ira que se gritaban mutuamente preparándose para lo que sería su último ataque. Se abalanzaron una contra la otra preparadas para matar y para morir. Chocaron, y un estruendo ensordecedor hizo temblar el cielo y el suelo. Ella se tapó la cara con las manos intentando protegerse de lo que vendría, apretó fuerte los ojos, tanto que empezaron a dolerle. Entonces el ruido calló y el calor se hizo más soportable, todo desapareció, todo excepto el miedo. Abrió los ojos poco a poco esperando descubrir qué había pasado con aquellas dos caras, quién habría ganado. Miró a su alrededor, no había arena, ni agua de mar, ni rastro alguno de una playa a media noche, solo su habitación, familiar, acogedora, cálida. Cerró los ojos e intentó recordar lo que había soñado, el agua, las caras, el mar cada vez más caliente. Sólo pudo llegar a una conclusión; el mar era Ella.
Se levantó y se metió en la ducha, el agua estaba tibia, y recordó la sensación que tuvo cuando la primera ola le acarició los pies. Más tarde se secaría con una toalla y descubriría tres marcas, tres quemaduras que aparecieron en su piel allá donde las tres gotas de agua hirviendo la habían tocado.
Te acercas y me inundas de ti, de tu aroma, suave, sutil, casi imperceptible pero inconfundible. Miro a mi alrededor y me pregunto si alguien más lo nota. Creo que no, quiero creer que no, que sólo yo disfruto del pequeño placer que supone olerte.
Cierro los ojos y aspiro. No necesito hundirme en tu pelo para sentirlo.
¿A qué hueles? Desde el primer día me lo pregunto, no es tu perfume cambiante, ni tu ropa, tampoco el jabón que usas, puedo distinguir esos olores en ti, pero no es ese el aroma que me marea. Eres tu. ¿A qué hueles?
Ese olor indescriptible que se me queda en el cerebro. Ese deseo, ese recuerdo. Cuando estás me lleno los pulmones de tu olor, de ti, intentando retenerte. Luego te recordaré y me preguntaré a qué hueles.
La miraba desde su esquina, sentado en el suelo, atento a sus idas y venidas. Ella se movía de un lado a otro de la habitación, nerviosa. Se paró delante de una estantería, cogió un libro y lo sostuvo un momento con su mano derecha, era un libro con tapas de tela roja, lo miró. Ya lo había leído muchas veces así que no importaba mucho por dónde empezara a leerlo, sólo quería ocupar su mente en algo. Lo abrió más o menos por la mitad y empezó a leer.
Él seguía viéndola ir y venir con el libro en la mano, inmóvil desde su esquina. De repente ella se detuvo, no podía concentrarse, ni siquiera su libro favorito conseguía que dejara de darle vueltas al asunto. No sabía qué hacer. No quería equivocarse, pero sentía que no sería capaz de elegir la opción correcta. Quería estar con ese chico, pero ¿y si no salía bien? Veía tantas trabas…, intuía tantos problemas…, tenía tanto miedo….
Entonces notó su mirada fijada en ella. Se dio la vuelta y lo vio. Se sorprendió, no se había dado cuenta de que estaba ahí sentado, inmóvil. Se acercó. Él no se movió, sólo sus ojos la siguieron, esperó. Ella extendió el brazo, abrió la mano, la posó sobre su cabeza y lo acarició. Lentamente. Notó su pelo suave cosquillear sus dedos. Fue una caricia larga, lenta, una caricia que borró de su mente inseguridades y dudas barriéndolas durante un instante eterno. Levantó la mano. Los dos se miraron un momento, entonces él maulló, y se subió de un salto a la barandilla, desde allí se volvió a mirarla, ahora era ella la que lo observaba inmóvil, incrédula. El gato volvió a maullar arrastrando el sonido, de una forma que a ella le pareció muy dulce. Se quedó mirándola un segundo y salió por la ventana dejándola sola.
Ella se quedó quieta, mirando la ventana, en el lugar donde un instante antes habían estado los ojos del gato. Su mente, que segundos antes burbujeaba con un millón de ideas estaba ahora vacía. Por un momento deseó ser ese gato y escapar.
Asesinato. Tu pasado te persigue. Condenado. Como una estela que te sigue. Intentas zafarte, explicar, defenderte. ¡¡Qué más da!! Mataste, ensuciaste de barro tus manos, tu alma, tus pies, y las huellas que has dejado llegan a ti recorriendo tus pasos, te alcanzan y ensucian tu presente con el fango del pasado.
Asesinato. Ahogaste tus fantasmas con las cadenas que te ataban a ellos, pero no fuiste capaz de romperlas. Sigues atado y los arrastras, y se meten en tu vida, entran y salen sin orden ni guía.
Te condenan ahora por lo que hiciste antaño, y no hay solución para reparar el daño.
Autoestima. Magia poderosa que abre mil puertas
Potencia y firmeza.
Seguridad en ti mismo, capacidad, destreza.
Qué fácil vestirla como un traje de fiesta.
Autoestima. Efímera letra de vieja canción.
Frágil sensación.
Lo que tú ves, lo que yo siento no.
Qué fácil romperla aún sin intención.
¿Me miras o me admiras?, me dices. Te miro y pienso, o te admiro y pienso, tal vez. Me llevas de la mano, por una senda que no conozco. Mis ojos se dirigen a ti, te miro, o te admiro, mi mente se pregunta hacia dónde me llevas y mi corazón se asusta porque no conoce el camino, pero mis pies te siguen. Camino. Un pie detrás de otro, un día detrás de otro. Avanzo. Tengo miedo, pero te miro, o te admiro, y sigo adelante, paso a paso. No sé dónde voy, dónde me llevas, dónde llegaré o hasta cuándo seguiré avanzando. Ni siquiera sé si estoy avanzando. Pero te miro, o te admiro, y sigo caminando.
- ¡Claro que no! Lo primero que hago cuando llego a casa es quitarme este horrible disfraz de humana. Es incómodo, estrecho y soso. Soy mucho más bonita sin él, con mis atractivos colores, verde moco y amarillo grillo, y mis 23 lenguas repartidas en mis 8 bocas. En la boca principal, la que me queda cuando me disfrazo de humano, la que tu besas, tengo 2 lenguas, en cada una de las otras 7 tengo 3.
- Así que tienes dos lenguas dentro de esa preciosa boca.
- Sí, ayer estuviste a punto de tropezar con la segunda, pero yo fui más rápida que tu.